lunes, 12 de febrero de 2018

CAMINAR SOBRE EL GEL de David Armengol  o LA ORACIÓN EN EL ARTE CONTEMPORÁNEO.





El cronista no siempre se ve obligado a escribir al hilo de la actualidad, puede dejar reposar las ideas y pasado un tiempo, incluso, clausurada la exposición, escribir sobre ella.  La precipitación, la aceleración moderna necesita de lapsus temporales que sirvan de contrapunto y en los que no suceda nada.

“Caminar sobre hielo” es el título de la exposición que se mostró en  Arts Santa Mònica y que se clausuró en Abril del 2017. La exposición mostraba las obras de Paulina Bestard, Lúa Coderch, Rafael G. Bianchi, Lluis Hortalá, Fermín Jimenez Landa. Pere Llobera, Mercedes Mangrané, Irene Visa y Àngels Ribé. Nueve artistas comisariados por David Armengol.

 La historia que el cineasta Werner Herzog escribió en su obra “Del Caminar sobre hielo” sirve como motivo principal para la tesis que propone David Armengol, para él, en el arte, se emplea mucha energía y se hacen grandes esfuerzos, que casi siempre son ajenos a unas necesidades inmediatas o convencionales. Los artistas se hacen retos y desafíos imposibles con un porcentaje muy elevado de fracaso.

Entiendo que el comisario se refiere, por un lado, al insuficiente rendimiento económico, social e incluso cultural que produce la gran dedicación de los artistas a su trabajo y en consecuencia se puede entender que, en consecuencia, hace un elogio de una actividad vocacional en la que a pesar del poco reconocimiento el artista sigue encerrado en su estudio trabajando puntualmente sin que nadie le exija que lo haga. Como un monje en su celda.


El cineasta alemán narra el trayecto que hizo caminando entre Múnich y París del 23.11.1974 al 14.12.1974.  Este peregrinaje, no lo hizo, como tantos jóvenes de la época, a Katmandu, al Nepal o a Ibiza. Lo hizo entre dos ciudades europeas con la firme convicción de que su voluntad, su esfuerzo y su determinación mantendrían la vida de su amiga, la crítica Lotte Eisner que estaba muy enferma en un hospital de París. Mientras la mantuviera viva en su mente de caminante se mantendría con vida, aunque tuviera un diagnóstico terminal.
Este poder de transmitir en la distancia nuestra mejor intención a través de la mente, pensando que donde va ella, va a llegar nuestra energía positiva o nuestro anhelo de curación o beneficencia ha existido siempre y se llama: Oración. Obviamente esta potencia inverificable está destinada a fracasar en el marco del escepticismo contemporáneo. No obstante, abre un gran debate sobre la supuesta “utilidad/inutilidad” de las obras de arte.

En Ibiza, en Santa Eulalia o en San Juan en los años setenta, era habitual encontrar grupos de meditadores muy diversos que iniciaron el camino a los viajes interiores y a las transformaciones profundas que aún hoy muchos transitamos. Una de las prácticas que se parecía más al sentido de la oración que había aprendido en mi colegio religioso, la realizaba a través de un grupo budista que nos proponía que captáramos mediante nuestra respiración todos los aspectos negativos de la vida, los hiciéramos pasar a través de nuestro interior purificado por la meditación y retornáramos el aire exhalando buena voluntad y positividad hacia el mundo. Yo siempre lo creí.

Sea como fuera, los fieles  huyeron despavoridos, buscando lo que les faltaba, huyeron de las guitarras en el altar, de los discursos socio-antropológicos de las homilías, de coger un trozo de pan de una cesta y comerlo, uno mismo, con las propias manos, de darle la mano a desconocidos y así, ante tanta prosa y “benzolismo” abrazamos  antiguas religiones orientales que nos sumían en ritos indescifrables y que hablaban en lenguas  con poderes mágicos, religiones que nunca han cambiado, ni falta que les hace y que si se dan la paz en un abrazo es para acabar haciendo un intercambio de energía. Como digo, estas cosas están muy descuidadas en la vida de la Iglesia moderna. La liturgia dominical católica ha alejado todos los prodigios mágicos, la taumaturgia del que oficia la ceremonia acercando a los fieles algo que en mi primera adolescencia consideraba como un misterio insondable ha desaparecido. Vino en sangre, pan en cuerpo. Postración, latín y Efectos. Creo, que aquí se plantea una cuestión sustancial: la de la pertenencia a una cultura de tradición occidental y la pertinencia que se aleja cada vez más de nosotros.
Silencio y oración íntima, mental, revisando la conciencia y proyectándola como un don hacia el mundo. Eso es lo que hacen los pocos monjes que aún rezan en los monasterios alejados del mundo, y así, sus plegarias producen efectos sobre la realidad, la transforman.
Pero también cultivan el huerto y recogen las patatas de la tierra.Esa actividad física, hecha con las propias manos, se realiza con la misma concentración y silencio de la intimidad  de su celda monacal.

Los efectos transformativos no solo los consiguen mediante el silencio y la oración, sino aplicando duro trabajo físico. Ora et Labora. En su caminar del Lunes 9 de Diciembre, Herzog, invoca su fe: “Ayer fue el segundo domingo de adviento.”  Pero por otro lado su labora lo muestra por su fascinación por personajes de voluntad de hierro como Aguirre, Fitzcarraldo, Hanussen o Kaspar Hauser.  Personajes que luchan, que sobreviven por conseguir los cambios necesarios de la conciencia humana. Hay que orar, pero también hay que ejercer la voluntad y trabajar por lo que se quiere.


             
                        Joshua Reynolds. “En oración” Museo de Montpellier.



El lector intuitivo habrá detectado que, a pesar de haber hecho un ligero cambio de rumbo, en ningún momento me he alejado del tema principal de mi reflexión sobre el arte y más concretamente de la exposición “Caminar sobre el Hielo”
Es obvio que el arte se ha hecho conceptualmente muy críptico y difícil en sus discursos, tanto artísticos como críticos, especialmente a partir de las segundas vanguardias. Un exceso de discursividad, de conceptualismo hasta el punto de que muchas veces dudo que seamos capaces de comprender muchos conceptos que nosotros mismos utilizamos. Un puro “postureo” intelectual, de extrema racionalidad que no está a la altura de quienes lo utilizamos. Me humilla profundamente cuando se dice que la crítica de arte y el arte contemporáneo mismo es algo incomprensible y de falsa complejidad.

El arte no debería haber abandonado nunca la grave responsabilidad transformadora del cuerpo interior. La luz de lo irracional, la magia que no necesita ser comprendida se ha convertido en un discurso racionalizador, textual y contextual de índole sociológico, político o antropológico.  Algo falla.
Dado el panorama, creo necesario reivindicar el aspecto menos racional del arte y que recuperemos la fascinación, la admiración y la mística contemplativa que en otras épocas había acompañado al artista en su labor.
Cenino Cenini aconsejaba encomendarse, invocar santos y arcángeles antes de empezar a dibujar, él mismo invocaba las fuerzas invisibles y aconsejaba no sufrir mala compañía al pintar.

Lo que ha hecho Werner Herzog ha sido invocar, como si fuera una oración, el poder de su acción como peregrino: “si camino, ella no morirá: No morirá , no lo hará. Ahora no, no puede. No, no morirá ahora porque no morirá. Mi paso es firme. Y la tierra tiembla. Cuando camino es un bisonte el que camina. Cuando descanso es una montaña la que reposa. ¡Ay de nosotros! No puede. No lo hará. Si llego a París, vivirá. Así será, porque no puede ser de otra manera. No puede morir. Quizá más adelante, cuando lo permitamos”.
 Esta actitud fuerte se debe a su reconocida fe católica en la que hay que situar la idea de peregrinaje, de caminador empedernido, de orador interior que fundamenta este viaje de compasión hacia su amiga moribunda.

Herzog a través de tres obras de Àngels Ribé.


En esta exposición me encuentro con una gran amiga: Ángels Ribé. Tres obras suyas abren la exposición y la cierran. Ha sido magnífico encontrarla en esta exposición. Lo he celebrado por mí, por ella, pero también por la valentía del comisario David Armengol al romper los prejuicios “epocales”  y generacionales que tanto daño están causando a la cultura catalana. En nuestro país, no hay costumbre de integrar, respetar o considerar la obra y las acciones de los que nos han precedido. No me refiero a homenajes y medallas que, de eso, sí, tenemos. La juventud se ha considerado desde hace mucho como valor absoluto, no sucede así en la cultura Neoyorquina, por ejemplo, con la crítica de arte Dore Ashton fallecida este año con 89 años, que cuando le preguntaban cómo estaba, decía: I’m still here (Todavía estoy aquí). Su voz era escuchada, respetada y siempre activa a pesar del fragor intenso y competitivo de la vida en la gran manzana. 

Recuerdo lo que escribí sobre Àngels Ribé en septiembre del 2011, cuando publiqué un artículo en el suplemento Cultura´s de  LaVanguardia. nº 482 sobre la exposición antológica en el MACBA que recogía su trabajo entre 1969 y 1984. En él, me planteaba una pregunta de respuesta incierta: ¿Para qué sirve el Arte?  Quise encontrar la respuesta en la obra de Àngels Ribé y en parte lo conseguí.
Ahora en el contexto de esta exposición, al Caminar sobre hielo, la pregunta surge con mayor fuerza aún. Sobre la utilidad del arte, decía entonces   que todas las obras de A. Ribé, más allá del contenido conceptual y su poder formal, son un manifiesto, un programa que proclama al arte como método de conocimiento y transformación moral. Veía y veo en sus obras, unas direcciones cardinales que orientan al espectador atento, que le ofrecen lo necesario para una auténtica evolución de la conciencia.

Las dos obras que aquí presenta son:  “En campo abierto” , una escultura-rayo de neón blanco y “Caminar sobre gel” (1984-2016) un vídeo en Loop y Dibujo. La primera me remite a “Intersección de luz” (1969) o “Transporte de un rayo de luz” (1972). La segunda identificada entre dos fechas pone de relieve que el trayecto puede ser extenso, incluso infinito.
Àngels ha utilizado muy a menudo materiales frágiles como la espuma, la sombra, la energía sanguínea. Sus obras son “koans” que nos proponen profundas paradojas, son micro explosiones que despiertan la conciencia, como cuando puso un ventilador en plena la naturaleza (1973) o cuando colocó una bombilla encendida a pleno sol (1973). Poética de la luz, pura metáfora de la iluminación súbita.

Junto al rayo, compartiendo esquina, veo en una pantalla unas personas envueltas en una bruma imprecisa transitando, caminando de una manera muy lenta y cuidadosa, a su lado hay una obra sobre papel con dos trazos, uno de agua y otro de tinta que también aluden a un posible recorrido hecho de un solo trazo, rápido y energizante.
Esos cuerpos en acción, también se encuentran en “video-performances” anteriores, en una de ellas, la propia artista salta, una y otra vez, para alcanzar, sin conseguirlo, el vértice de un triángulo virtual. (1978). Àngels siempre ha trabajado con cuerpos que se interrogan, que utilizan la experiencia perceptiva y sensorial: visión, oído, tacto, espacio y puntos cardinales, para conocer el mundo
Los sentidos que nos acercan a la realidad, por ejemplo, las posiciones de las manos que utiliza para ver la dilatación de las venas debido a la gravedad, o bien cuando cuenta sus dedos con insistencia, una y otra vez, como hace en ”Counting my fingers” (1977), lo hace como si recitara un “mantra”. El cuerpo siempre está presente.
 Creo que la concordancia entre esta obra de Àngels y Herzog es total. Dice Herzog: “Tras estos pocos kilómetros a pie sé que…. la sabiduría llega a través de las plantas de los pies.”  La acción de caminar propuesta por Herzog, es un viaje depurador, no penitencial, sino un viaje iniciático. Un viaje como el que hizo Àngels a Paris en 1966 allí conoció las teorías sobre la Forma de Piotr Kowalski que influyeron en sus primeras obras en las que desarrollaba una paradoja que siempre ha cultivado: el rigor de las geometrías invisibles con la emoción. Su viaje fue como los que se hacían en tiempos del romanticismo, servían para cambiar, despertar y transformar o curar como en el caso Herzog.


El recorrido en bucle de los caminantes sobre hielo del video de Àngels, ese ir y venir circular, la repetición de la acción me hace pensar en otra de sus obras que está basada en el recorrido diario que ella hacía por el puente de Williamsburg en Nueva York: “Two Main Subjective Points on an Objective Trajectory “(1975), ella pensaba que debía existir un punto de vista estable y objetivo que no rechazara el hallazgo inesperado o la acción súbita dentro de la rutina. 

El movimiento, aunque sea muy lento, siempre es un cambio inevitable del ser, aunque este anhele la quietud, el no-movimiento absoluto, caminar sobre el hielo, casi sin moverse, pero manteniendo un eje invisible que nos une firmemente de la coronilla hacia arriba, de la planta de lo pies hacia abajo. Caminar sobre hielo prioriza la atención extrema, la precisión absoluta, un paso en falso supone el hundimiento y la muerte por congelación, durante todo el viaje Herzog describe minuciosamente lo que ve durante 21 días de camino en el que fluye como la vida, se va adaptando a las circunstancias de cada momento, para ser plenamente consciente del momento en que vive, ir de modo natural hacia delante. Me gusta mucho la frase del Shobogenzo que dice que en cada instante “El camino está debajo de nuestros pies.” Caminando en línea recta entre el sol y la luna como sombrero. El sábado 7 .12 dice Herzog: “he caminado, caminado, caminado, caminado”. Realidad por todas partes y cuando por fin llega a París ante Lotte, le dice algo que su amiga enferma no puede entender: “Juntos cocinaremos fuego y arrimaremos peces, …ABRE LA VENTANA, DESDE HACE ALGUNOS DIAS PUEDO VOLAR.




Jesús Martínez Clarà.                                               Can MU . Abril  2017








  


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